«Este mundo finalmente debía llegar a su fin.
No como una explosión repentina ni como un susurro
apagado, sino como un juicio antiguo que llevaba milenios esperando ser
pronunciado.
La plaga del hombre había cubierto la tierra con
ciudades de humo y torres de vidrio. Los imperios crecían como tumores,
alimentados por mentiras que los líderes vertían en los oídos del pueblo.
Prometían salvación mientras incendiaban bosques. Prometían progreso mientras
convertían los mares en tumbas. Y así, sin piedad, los imperios comenzaron a
caer, uno por uno, ahogados en la misma bazofia que habían arrojado al mundo.
Pero la caída no fue causada por rebeliones ni por
guerras humanas.
Fue la tierra la que decidió purgar el virus del
huésped.
En lo más profundo, donde las raíces de los árboles
más antiguos se entrelazaban con la roca primordial, algo se agitaba.
El dragón.
No era una bestia nacida del fuego común. Era más
antiguo que la memoria, más antiguo que la culpa. Su cuerpo dormía enrollado
alrededor del corazón ardiente del mundo, y sus escamas estaban cubiertas por
las raíces de los robles y las espinas de los tiempos olvidados.
La Naturaleza se aferraba al último aliento del
Padre Todopoderoso, ese soplo original que había dado forma al barro y lo había
llamado hombre. Pero ese aliento se estaba extinguiendo.
Y cuando el último eco de aquella voz divina se
desvaneció, el dragón abrió los ojos.
En el norte helado, los viejos sacerdotes recordaban
la historia prohibida: que el mundo no era sino carne reciclada de un gigante
muerto. Que de la carne de Ymir se hizo la tierra, y de su sangre, el mar. Que
las montañas eran sus huesos, los árboles su cabello, y del arco hueco de su
cráneo se formó el cielo.
El mundo era un cadáver sagrado.
Y el hombre lo había infectado.
La semilla de antaño —la memoria del equilibrio— se
había extraviado. La corriente del vacío corría negra, espesa como petróleo,
alimentada por la sangre de los celosos que jamás escucharon las advertencias.
Científicos silenciados. Profetas ridiculizados. Niños que lloraban en ciudades
sin estrellas.
Todos ignorados.
Hasta que la tierra comenzó a hundirse.
Primero fueron las grietas.
Luego los mares retrocedieron como si inhalaran con
temor. Y después regresaron, gigantescos, devorando costas y arrastrando
monumentos de piedra como si fueran juguetes rotos.
Los cielos se cubrieron de un rojo enfermizo. Las
estrellas brillantes comenzaron a desvanecerse, una por una, como si alguien
las apagara desde detrás del firmamento de hueso.
El dragón ascendía.
Su lento ascenso en llamas era terrible de
contemplar. Donde su cuerpo rozaba la roca, ésta se convertía en magma. Donde
su aliento tocaba el aire, el aire se volvía ceniza.
La tierra entera se transformó en una pira
funeraria.
En medio del colapso, un niño llamado Jørnå
caminaba entre los escombros de lo que había sido una ciudad costera. No sabía
de imperios ni de mitologías antiguas. Solo sabía que el mar se había llevado a
su familia y que el cielo ardía.
Pero Jørnå
escuchaba algo que los demás no podían.
Un latido. No el del dragón.
Otro. Más profundo. Más antiguo incluso que la furia.
Guiado por ese pulso invisible, descendió por una
grieta abierta en la tierra. El calor lo rodeaba, pero no lo quemaba. Las
raíces gigantescas colgaban como columnas de un templo subterráneo, y entre
ellas vio al dragón, enorme, encendido como una constelación en movimiento.
Sus ojos eran soles moribundos.
—Has venido —retumbó la voz en su mente—. El huésped
debe ser purgado.
—¿Y después? —preguntó él, sin saber de dónde nacía
su valor.
El dragón guardó silencio.
Porque incluso la destrucción tenía dudas.
El Padre Todopoderoso no era ya una voz en los
cielos. Era una chispa, una brasa oculta en lo más hondo del corazón del mundo.
La Naturaleza se aferraba a esa chispa, temiendo que el dragón la consumiera
por completo.
—Si destruyes todo —dijo Jørnå—,
¿Qué quedará para sostener el cielo de hueso?
El dragón mostró en su mente imágenes del pasado:
bosques interminables, ríos cristalinos, criaturas que caminaban sin codicia.
Luego mostró ciudades grises, guerras, océanos envenenados.
—El virus debe morir para recrear el cuerpo para el
fantasma.
—¿Y si el fantasma aprende? —susurró él.
El dragón titubeó.
Porque jamás había considerado la posibilidad del
aprendizaje.
Solo conocía ciclos: creación, corrupción, purga.
La luz comenzó a oscurecerse.
La tierra se hundía en el mar que alguna vez fue
sangre. El cráneo de Ymir crujía sobre sus cabezas, y las estrellas casi habían
desaparecido.
Una llama ardiente surgió del pecho del dragón,
elevándose contra el mismísimo cielo. No era fuego común: era el fuego del
reinicio.
Jørnå
caminó hacia él.
Cada paso era un desafío a la lógica del fin.
—Si todo debe arder —dijo—, entonces que arda
también la mentira. Pero deja la memoria.
El dragón lo observó, y en sus ojos ardientes se reflejó algo nuevo: no era ira, no era juicio… sino una posibilidad.
Entonces cambió el curso de su llama.
En lugar de consumirlo todo, la dirigió hacia los
símbolos del poder corrupto: palacios, arsenales, fábricas que vomitaban humo.
Las estructuras del imperio se derritieron como cera.
Pero los bosques, aunque ennegrecidos, quedaron en
pie.
Los mares, aunque desbordados, no evaporaron por
completo.
La purga no fue total.
Fue selectiva.
Cuando el fuego cesó, el mundo era irreconocible.
Las ciudades habían desaparecido, convertidas en
arena y cristal. El cielo, aún sostenido por el cráneo antiguo, mostraba nuevas
estrellas encendiéndose tímidamente.
El dragón descendió otra vez a las raíces,
enroscándose en silencio.
—No he terminado —dijo antes de cerrar los ojos—. Si
el virus regresa, yo también.
Jørnå
emergió a la superficie bajo un cielo renovado. La tierra aún humeaba, pero
entre la ceniza ya brotaban pequeños tallos verdes.
La plaga no había sido borrada por completo.
Había sido advertida.
Y en ese mundo herido, la humanidad tendría que
elegir: convertirse otra vez en enfermedad… o recordar que camina sobre la
carne de un gigante, bajo el cráneo de un dios muerto, y que incluso un dragón
puede aprender a contener su fuego.
Porque la tierra estuvo a punto de convertirse en un
funeral eterno.
Y sobrevivió como una promesa».
Historia basada en ‘Seed of a Giant Tree’ (De las
líricas de Omnio y Adam Stanley).
Una idea de: vikingodemagellan.blogspot.com
Edición final: Jarl Asathørn.

