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lunes, 6 de julio de 2026

Magellan Lands [Poema dedicado a mi tierra]




«En mis tierras puedo sentir el espíritu de la naturaleza;

quisiera soñar con tiempos mejores.

 

En mis tierras puedo ver las criaturas de la naturaleza;

en mi corazón quiero protegerlas.

 

Montañas, bosques, ríos;

yo peleo por ti.

 

Ay mi bosque, estoy contigo;

ay mi montaña, estoy contigo.

 

Madre, estas son las tierras magallánicas;

Madre Naturaleza, tierras magallánicas.

 

Donde el viento canta entre los coigües y lengas,

y la lluvia susurra sobre el musgo antiguo;

donde los cóndores vigilan los cielos,

y los glaciares guardan la memoria del tiempo.

 

En mis tierras puedo escuchar

la voz del mar golpeando los fiordos;

puedo ver el alba naciendo

sobre las montañas del fin del mundo.

 

Praderas, lagunas, ventisqueros;

yo peleo por ti.

 

Ay mi estepa, estoy contigo;

ay mi río, estoy contigo.

 

Madre, estas son las tierras magallánicas;

Madre Naturaleza, tierras magallánicas.

 

Bajo la sombra de los bosques australes,

camino junto a los espíritus del sur;

ellos me enseñan el lenguaje del viento,

ellos me muestran el sendero de la tierra.

 

Las nubes corren sobre las cumbres,

los inviernos cubren de blanco los valles;

las estrellas brillan más cerca del alma

en las noches eternas de la Patagonia.

 

Montañas, bosques, mares;

yo peleo por ti.

 

Ay mi cielo, estoy contigo;

ay mi tierra, estoy contigo.

 

Donde descansan los glaciares,

donde nacen los ríos cristalinos;

donde la niebla abraza los fiordos,

y el horizonte se pierde en el océano.

 

En mis tierras puedo sentir

la fuerza de generaciones antiguas;

en mis tierras puedo ver

la belleza que jamás debe morir.

 

Madre, estas son las tierras magallánicas;

Madre Naturaleza, tierras magallánicas.

 

Y mientras los vientos del sur sigan cantando,

mi corazón permanecerá aquí;

entre montañas, bosques y mares,

bajo el cielo inmenso del fin del mundo.

 

Ay mi bosque, estoy contigo;

ay mi montaña, estoy contigo.

Ay mi estepa, estoy contigo;

ay, Estrecho de Magellan, estoy contigo.

 

Madre, estas son las tierras magallánicas;

Madre Naturaleza, tierras magallánicas.

Para siempre,

tierras magallánicas».




 

Escrito por: IAn «Ülveer» Moone.

Una idea de: Vëthriön Asathørn.

Portada diseñada por: Vëthriön Asathørn. Creada con AI.

Edición final: Vëthriön Asathørn. 

lunes, 8 de junio de 2026

Mitt land [Elegien om den navnløse vinden]

 





I · El Fin del Mundo

Aquí termina la tierra y empieza el olvido, donde el cielo se dobla como un metal frío y la estepa se extiende sin destino ni origen, un manto gris que todo lo consume y cobija.

El viento no pregunta.

El viento nunca cesa.

Arrastra nombres de muertos, semillas de piedra, y nadie lo detiene porque nadie está aquí para levantar la mano y decirle: basta.

 

II · Lagos Oscuros

Los lagos son espejos que aprendieron a mentir: reflejan un cielo que no existe, una luz que llegó de otro siglo y se quedó atrapada entre el hielo y el basalto.

Bajo la superficie duerme algo antiguo, más viejo que los hombres que llegaron a nombrarlo, más viejo que el frío mismo, que también tiene su forma de amar y de matar.

 

III · Los Glaciares

Los glaciares son la memoria del mundo antes de que el mundo supiera que era triste.

Guardan en su hielo azul el aire de otro tiempo, burbujas de silencio de cien mil años, y cuando se rompen —ese trueno blanco— es el pasado que cae sin remedio, que se disuelve en el agua turquesa como se disuelven los sueños al amanecer.

 

IV · La Nieve

Cae la nieve. Cae de noche, silenciosa, como cae el olvido sobre los que se van.

Cubre los huesos de los animales muertos, los caminos sin nombre, los alambres oxidados, y esa estancia abandonada en el campo del viento donde alguna vez hubo luz en una ventana, donde alguna vez hubo pan sobre la mesa y una voz que cantaba para nadie.

 

V · Los Animales

El guanaco camina contra el viento con una dignidad que los hombres perdimos.

No busca refugio. No llora su suerte.

Solo camina, con los ojos de ámbar fijos en un horizonte que no promete nada, bajo un cielo que no perdona ni recuerda, en esta tierra que enseña a morir de pie o no enseña nada.

El puma y el zorro flotan en silencio en el extenso lienzo de coirón. Aguardando. Acechando. Buscando víctimas en medio del silencio.

La muerte va de la mano de estas bellezas de la Patagonia.

 

VI · Los Árboles del Viento

Los árboles aprendieron a doblar hacia el este.

No fue una elección: fue la forma del dolor hecha madera, hecha raíz, hecha año tras año de empuje y resistencia sin nadie que mirara.

Son esculturas del sufrimiento anónimo, monumentos a lo que sobrevive no porque quiere sino porque olvidó la manera de caer, porque el viento mismo los sostiene al doblarlos.

 

VII · La Luz de julio

En julio la luz llega a las tres de la tarde y se va sin despedirse, como una visita que nunca se sintió bienvenida del todo.

Queda un rastro anaranjado sobre la meseta, una herida suave en el cielo de ceniza, y después: la noche más larga, la noche que no termina de contar sus horas, la noche que pesa como tierra encima.

 

VIII · Los que se fueron

Hay pueblos que murieron de soledad y viento.

Sus calles de tierra recuerdan pies que se fueron a la ciudad, al norte, a cualquier otra parte donde el invierno al menos tuviera compañía.

Las casas de zinc y madera se pudren con una elegancia involuntaria, hermosa, como se pudre todo lo abandonado: lentamente, y sin saber que es hermoso.

 

IX · El Sur Profundo

Más al sur, donde los mapas se rinden, donde el canal Beagle parte el mundo en dos y los cormoranes vuelan contra la tormenta porque es lo único que saben hacer, allí el frío tiene otro nombre: se llama verdad, se llama lo que queda cuando se le quita al mundo todo lo superfluo, toda la tibieza aprendida, toda la mentira dulce.

 

X · Oración sin Dioses

Quizás la Patagonia no necesita ser amada.

Quizás existe de la misma manera que el dolor: sin pedir permiso, sin esperar que la entiendan, sin necesitar que nadie le diga que es real.

Y quizás eso es lo que buscamos al venir: algo que no nos necesite, algo que esté ahí cuando todo lo nuestro haya terminado de importarle al mundo.

 

XI · El Viento, siempre el viento

El viento no sabe que es triste.

Eso lo hace aún más triste.

Barre la estepa con una indiferencia perfecta, lleva el polvo de los muertos hacia el mar, lleva el polvo del mar hacia las cumbres, y así, sin descanso, sin propósito, sin nombre, mezcla los vivos con los muertos, el ayer con el mañana, el frío con el frío que vendrá.

Y sigue.

Y siempre ha seguido.

Y seguirá cuando ya no haya nadie para escucharlo y llamarlo viento.


... es Magallanes. Esta tierra... nuestra tierra, mi tierra.






 

Escrito por: Ian «Ülveer» Moone.

Una idea de: Vëthriön Asathørn.

Portada diseñada por: I. Moone.

Edición final: Vëthriön Asathørn.