Javier tenía
veintisiete años y ninguna dirección. No en el sentido físico —sabía
perfectamente dónde quedaba su casa—, sino en el sentido más profundo. Su madre
lo llamaba cada domingo. Su pareja ya no lo soportaba. Su hermana lo evitaba.
Él prometía cambiar, prometía buscar un trabajo serio, prometía dejar la noche
y la marihuana, prometía llegar sobrio alguna vez a un cumpleaños familiar.
Prometía. Pero sus
promesas se las llevaba siempre el viento austral.
Esa noche también
prometió.
Pero la noche de
sábado en la ciudad tenía otro lenguaje.
Bebió más de la
cuenta. Se metió cosas que no preguntó qué eran. Rio fuerte. Demasiado fuerte.
Besó bocas que no recordaría. Juró amor eterno a mujeres cuyos nombres se
desvanecían antes de llegar al baño del bar.
A las tres de la
mañana decidió volver a su casa.
—Estoy bien… estoy perfecto… —murmuró,
riéndose solo.
La calle estaba
extrañamente vacía.
Sin autos
deambulando.
Sin perros vagando
ni ladrando, como de costumbre.
Sin viento.
El silencio era tan
completo que parecía pegado a las paredes.
Caminó una cuadra.
Dos cuadras.
El eco de sus pasos
sonaba exagerado, como si caminara dentro de un túnel invisible. Miró su
celular: sin señal. Batería al 12%.
—¿Qué mierda…? ¿Por qué no hay señal?
Las luces de los
postes parpadearon.
Una.
Dos.
Todas al mismo
tiempo.
Y cambiaron.
El amarillo habitual
se volvió rojo.
Un rojo profundo,
denso. No iluminaba el ambiente: lo manchaba. La calle parecía bañada en sangre
líquida.
Javier sintió el
primer pinchazo de miedo.
—Ya… tranquilo… estás volado, eso es todo…
Siguió caminando.
En la esquina
siguiente vio algo. Una figura. De pie. Inmóvil.
Pensó que era una
mujer.
Cuando se acercó, el
cuerpo estaba desnudo. La piel era grisácea, casi translúcida. El cabello largo
cubría parcialmente el rostro. Sonreía. Pero no era una sonrisa humana, era
demasiado amplia, los dientes eran demasiados.
Javier retrocedió.
—Oye… ¿estás bien?
La mujer inclinó la
cabeza hacia un lado, y sus ojos… no tenían pupilas, eran blancos, vacíos.
Detrás de ella, en
la siguiente esquina, apareció otra.
Y otra.
Y otra más.
Todas desnudas.
Todas deformes. Todas mirándolo.
El aire comenzó a
oler a humedad y a metal oxidado.
—No… no… no… —susurró. —¿Qué mierda está pasando?
Comenzó a caminar
más rápido.
Las mujeres no lo
perseguían. Solo estaban ahí. En cada esquina. Esperándolo.
Cada una
representaba algo que él conocía demasiado bien: la fiesta sin control, el
deseo inmediato, el placer vacío, la promesa rota después de una cama desconocida.
Pero él no lo sabía.
Solo sabía que tenía miedo. Un miedo primitivo, ese miedo ancestral que te
eriza los pelos.
Doblar la esquina lo
hizo sentir alivio.
Y entonces se
detuvo.
Era la misma
esquina.
El mismo poste rojo.
La misma grieta en
el pavimento.
La misma mujer
desnuda.
—No… esta güeá no es posible…
Corrió.
Tres cuadras.
Cinco.
Diez.
Doblando siempre
hacia la derecha y siempre llegaba al mismo punto. La calle se había convertido
en un bucle, no había adelante ni atrás, solo un recorrido continuo que lo
devolvía al origen sin que él notara el momento exacto en que se invertía.
El espacio se
doblaba sobre sí mismo. Como su vida.
Gritó desesperado y
con angustia.
—¡AYUDA! ¡POR FAVOR QUE ALGUIEN ME AYUDE!
El sonido no salió. Sintió
su garganta desgarrarse, pero el aire no vibró.
Volvió a intentarlo
con desesperación… y nada.
El mundo estaba
sellado. Estaba enclaustrado en una burbuja eterna. Y entonces los vio… entre
los postes rojos comenzaron a materializarse sombras. No tenían forma definida.
Eran siluetas densas, como humo sólido.
Lo miraban.
Sin ojos.
Sin rostros.
Pero él sabía que lo
miraban.
Y supo algo peor: lo
reconocían.
Cada sombra era un
miedo.
Fracaso.
Soledad.
Ser un mal padre.
Ser un mal amigo.
Perder a su pareja,
perder a su madre. No ser nadie. No llegar a nada.
Las sombras se
acercaron un paso.
Las mujeres desnudas
comenzaron a reír.
No eran risas humanas.
Eran como un sonido
húmedo que se destrozaban en un túnel.
—¡DÉJENME! —intentó gritar otra vez.
Corrió.
Se cayó. El
pavimento se sentía pegajoso. Entonces miró sus manos, estaban manchadas de
rojo, pero no había sangre. Era luz. La luz roja lo estaba tiñendo.
Todo era rojo.
Todo era culpa.
Todo era exceso.
Todo era repetición.
Entonces comprendió
algo terrible: No estaba atrapado en una calle. Estaba atrapado en sí mismo.
Su vida era una pesadilla
en un bucle eterno... en el ahora. Siempre volvía al mismo punto: promesa, exceso, culpa, promesa,
exceso, culpa.
Sin principio… Sin
final.
Las mujeres
comenzaron a acercarse, las sombras también.
Sintió frío, un frío
que no venía del aire, venía del futuro.
Cerró los ojos. Y
por primera vez en años, no pidió placer… pidió dirección.
—Quiero salir… Dios, Dios, ayúdame —susurró—. Quiero llegar a algún lado… aunque sea pequeño… pero real…
Y otra vez el silencio.
Las luces
parpadearon.
El rojo se debilitó.
Cae de rodillas,
baja la cabeza y mira fijamente el pavimento. Respira agitado… y un ruido
conocido lo despierta de esta pesadilla.
Cuando abrió los
ojos, la calle era normal. Amarilla. Silenciosa. Vacía.
Miró hacia atrás…
Nada.
Las esquinas estaban
desiertas.
Su celular marcaba
3:30 AM. Habían pasado solo cuatro minutos… pero él sintió que habían sido
horas. Estaba cansado. Temblando, caminó, doblando una esquina más. Y esta vez…
la calle cambió. Reconoció el almacén de la esquina. La reja oxidada del
vecino. La luz azul de la entrada de su casa.
Sus piernas casi no
respondían.
Golpeó la puerta… su
pareja abrió, medio dormida.
—¿Javier? ¿Estás bien?
Lo miró fijo. Él
también la miró. Y algo en sus ojos había cambiado.
No habló. No pudo.
Solo lloró y abrazó a su mujer —la madre de su hija— como si estuviera
regresando de una guerra invisible.
Esa noche no durmió.
A la mañana siguiente,
el mundo parecía normal, pero él no.
Cada vez que
caminaba por una calle larga, sentía un vértigo leve.
Cada vez que
prometía algo, escuchaba una risa lejana.
Cada vez que veía
una esquina roja al atardecer, recordaba esa madrugada.
No volvió a salir
igual.
No dejó de tener
miedo, pero entendió algo:
«Si no elegía una
dirección, la vida lo doblaría sobre sí mismo eternamente».
La Cinta de Moebius
no desaparece, solo se rompe cuando uno decide cortarla.
Y Javier, por
primera vez, decidió que quería llegar a algún lugar…
… aunque no supiera
todavía cuál.
Una historia
de terror sicológico creada por: Jarl Asathørn.
Una idea
original de: Jarl Asathørn.
El personaje es real.


