LO QUE SIGUE VIVO
«No es un bosque. Es un
paraíso donde no existe lo bello o lo feo... es un cuadro extraño de luces y
sombras, de furias y calmas.
Troncos torcidos como si
alguien hubiera intentado quebrarlos y se arrepintiera a mitad del gesto.
Raíces que no buscan
tierra: la aprietan.
El viento no pasa, … acaricia
y muerde.
Y uno camina ahí —si es
que eso es caminar— sintiendo que cada paso es una intrusión, como si el suelo
recordara otros pies, otros pesos, otras hambres.
El bosque magallánico no
te recibe como si fueras alguien especial... te tolera.
Hay musgo donde debería
haber silencio, y silencio donde debería haber Dios.
Y todo está húmedo... no
de agua… sino de tiempo.
Más al sur y un poco más
al norte —de donde escribo estas letras— el hielo no es blanco... nunca es blanco.
Gris, azul enfermo, como un ojo que ha visto demasiado.
El glaciar no avanza…
empuja la historia. Cruje. No como algo que se rompe, sino como algo que
recuerda haber sido montaña y todavía no lo supera.
Ahí el frío no es
temperatura... es una idea fija, anclada para hacer crujir huesos.
Te atraviesa sin
tocarte, como si el cuerpo fuera opcional.
El bosque respira.
El glaciar retiene.
Uno guarda secretos bajo
hojas podridas.
El otro los comprime
hasta volverlos piedra.
Entre ambos no hay
diálogo, pero se entienden. Porque los dos saben algo que nosotros apenas
sospechamos: que todo lo vivo está en retirada, y que la resistencia no es
épica… es lenta, casi invisible, casi inútil.
Uno pensaría que el fin
del mundo sería ruido, fuego, caída... pero no. Es esto... ... un árbol que no
cae, un hielo que no cede, un paisaje que no necesita testigos.
Y nosotros, con nombres,
fechas, publicaciones, creyendo que llegamos tarde.
No.
Siempre llegamos
después.
El bosque ya había
decidido ignorarnos.
El glaciar ya estaba
olvidándonos.
Quizás por eso incomoda
tanto. Porque no hay tragedia aquí, ni belleza en el sentido que nos gusta
repetir.
Hay algo peor…
permanencia.
Y uno se va, porque
siempre se va, con la sensación de haber visto algo que no debía.
No vimos un paisaje, no
vimos la naturaleza... sino una forma antigua de seguir existiendo sin nosotros».
Dedicado a los bosques de Magallanes, a los glaciares, y a
los elementales de la naturaleza.
